Los ‘dineronegristas’ E. Granda
Hay revoluciones que comienzan en una universidad, otras en un cuartel y algunas, las más peligrosas, en la mesa del rincón de una cafetería donde sirven un café mediocre y permiten permanecer tres horas ocupando una silla por el precio de un cortado. Allí nació el Movimiento Dineronegrista Internacional, aunque sus siete fundadores insistían en llamarlo «grupo de amigos», porque cualquier otra denominación habría dejado un rastro en internet.
Su lema era sencillo:
«Lo difícil ya no es blanquear el dinero. Lo verdaderamente heroico es ennegrecerlo.»
No se trataba de ocultar dinero procedente de actividades ilícitas. Todos ellos habían ganado su patrimonio de forma aburridamente legal. Uno había vendido una empresa familiar, otro había heredado varias fincas, un tercero había sido un cirujano de prestigio y una señora diminuta con aspecto de maestra jubilada había multiplicado una cartera de acciones durante cuarenta años sin que nadie entendiera cómo.
Su problema era otro.
Querían desaparecer.
No físicamente. Bastante trabajo daba ya mantener las rodillas operativas. Lo que deseaban era desaparecer del gigantesco catálogo de datos donde vivía la humanidad moderna.
Estaban convencidos de que el mundo ya no se dividía entre ricos y pobres.
Se dividía entre quienes eran propietarios de sus datos y quienes trabajaban gratuitamente para producirlos.
Cada compra con tarjeta.
Cada peaje.
Cada búsqueda.
Cada paseo con el móvil en el bolsillo.
Cada fotografía.
Cada conversación.
Cada receta médica.
Cada seguro.
Cada electrodoméstico inteligente.
Todo alimentaba una maquinaria universal dedicada a responder preguntas que nadie había formulado:
¿Cuántos cafés toma?
¿Con qué frecuencia cambia de colchón?
¿Vota con el estómago o con la cartera?
¿Tiene tendencia a deprimirse los martes?
¿Compra vino cuando pierde su equipo?
¿Es infiel?
¿Puede permitirse un coche nuevo?
El profesor Maldonado, presidente oficioso del grupo, resumía la situación con un diagnóstico clínico.
«La humanidad ha desarrollado una enfermedad autoinmune. Produce información sobre sí misma hasta destruir su propia intimidad.»
Nadie discutía semejante evidencia.
Todos asentían mientras dejaban los teléfonos móviles apagados dentro de una caja metálica que llamaban «el confesionario», convencidos de que cualquier aparato electrónico escuchaba más que un portero de finca antigua.
Uno de ellos incluso metía el móvil dentro de una bolsa para congelados.
No porque sirviera para algo.
Porque le hacía sentirse mejor.
La lógica, pensaban, también tiene derecho a jubilarse.
Las normas de ingreso eran rigurosísimas.
Primera.
Jamás dejar más dinero del imprescindible en una cuenta corriente.
Las cuentas bancarias debían parecer el frigorífico de un estudiante universitario: dos yogures, medio limón y una botella de agua.
En cuanto llegaba cualquier ingreso…
¡Zas!
Extracción inmediata.
El banco debía vivir permanentemente preocupado por la salud financiera de sus clientes.
Segunda.
Llevar siempre tres mil euros encima.
Los más veteranos exigían que fueran billetes grandes.
No porque fueran prácticos.
Porque ocupaban menos.
Y porque el sonido de un billete de doscientos al doblarse producía una satisfacción acústica comparable al descorche de un gran reserva.
Tercera.
Nada de seguros.
Aquello provocó una discusión memorable.
Un antiguo notario preguntó:
«¿Y si se incendia la casa?»
El profesor respondió.
«Entonces tendré un incendio. Lo que no tendré será una aseguradora preguntando cuántos cepillos de dientes había exactamente en el cuarto de baño.»
La moción fue aprobada por unanimidad.
Cuarta.
Propinas desproporcionadas.
Jamás inferiores al veinte por ciento.
El camarero debía marcharse convencido de que existían personas extraordinarias.
No porque pretendieran comprar simpatías.
Porque era una transferencia directa entre seres humanos.
Sin algoritmos.
Sin intermediarios.
Sin formularios.
Sin campañas solidarias con logotipo.
Sin una plataforma quedándose con un porcentaje por «gastos de gestión».
Una mañana uno dejó cincuenta euros de propina por un café.
El camarero salió corriendo detrás de él.
«Se ha equivocado.»
«No.»
«Entonces…»
«He acertado.»
El camarero permaneció inmóvil durante varios segundos.
Era la primera vez que veía una anomalía económica positiva.
Su sistema de inversiones era igualmente peculiar.
Solo participaban en sociedades familiares o mercantiles donde jamás alcanzaban el veinticinco por ciento del capital.
Habían descubierto que muchas obligaciones de publicidad nacían precisamente al superar determinados porcentajes.
Así que practicaban una ingeniería societaria casi artística.
Veinticuatro coma nueve.
Veinticuatro coma ocho.
Veinticuatro coma siete.
Era una competición.
Cuando alguien presumía de poseer el 24,98 %, los demás lo contemplaban con la admiración reservada a los equilibristas sin red.
Los dividendos, naturalmente, tampoco se cobraban.
Se acumulaban.
Dormían plácidamente dentro de las sociedades.
El dinero era como un oso.
Mientras no lo despertaras, nadie hacía demasiado ruido.
Odio al smartphone
Su odio hacia el smartphone alcanzaba niveles teológicos.
Uno llevaba siempre dos teléfonos.
Uno inteligente.
Otro completamente estúpido.
El inteligente permanecía apagado.
El tonto funcionaba.
«¿Para qué tiene entonces el inteligente?»
«Para que crean que soy normal.»
Era una estrategia brillante.
Absurda.
Pero brillante.
¿Y Hacienda?
Naturalmente, Hacienda ocupaba un lugar destacado en sus conversaciones.
No porque quisieran defraudar.
Jamás.
Pagaban religiosamente todos los impuestos.
Lo hacían con el mismo entusiasmo con el que uno acepta una colonoscopia.
La diferencia era filosófica.
No les preocupaba pagar.
Les preocupaba explicar.
Todo debía justificarse.
Todo documentarse.
Todo conservarse.
Llegó un momento en que uno de ellos comentó:
«El dinero ya no necesita contabilidad. Necesita autobiografía.»
La frase fue recibida con un aplauso espontáneo.
Una nueva religión
Pero la gran aventura comenzó cuando decidieron fundar una religión.
No una secta.
Una religión seria.
Con miles de años de antigüedad.
Eligieron a Baal.
La elección obedecía a varias razones.
Primera.
Llevaba milenios oficialmente acreditado.
Segunda.
Disponía de abundante bibliografía.
Tercera.
Sus fiestas tenían fama de extraordinarias.
Cuarta.
Ninguno recordaba haber visto recientemente un inspector tributario preguntando por los sacrificios rituales de los hititas.
Su proyecto consistía en solicitar el reconocimiento oficial como confesión religiosa.
No por fe.
La fe era secundaria.
Lo verdaderamente importante era lograr una casilla propia en la declaración de la renta.
Aquello sí era espiritualidad aplicada.
«Soñad a lo grande», decía el profesor.
«Si hay una casilla para otros credos, ¿por qué no para nosotros?»
La documentación presentada ocupaba seis archivadores.
Habían recopilado referencias bíblicas.
Hallazgos arqueológicos.
Inscripciones.
Iconografía.
Ensayos.
Monografías.
Y un informe histórico demostrando que Baal disfrutaba de una antigüedad incomparable frente a confesiones mucho más jóvenes.
La funcionaria que recibió el expediente tardó varios minutos en recuperar el habla.
«¿Es una broma?»
«No.»
«¿De verdad adoran ustedes a Baal?»
«Con enorme respeto patrimonial.»
«¿Y cuál es su doctrina?»
El profesor respondió con solemnidad.
«La privacidad es sagrada.»
La funcionaria tomó nota.
Luego preguntó:
«¿Celebran ustedes ceremonias?»
«Muchas.»
«¿En qué consisten?»
«Cenas.»
«¿Solo cenas?»
«A veces sobremesas.»
«¿Y bacantes?»
«Eso depende de la edad media de los asistentes.»
Una religión con liturgia
Las liturgias dineronegristas resultaban memorables.
El sacerdote mayor abría la ceremonia apagando todos los teléfonos.
Luego comenzaba la lectura de los Libros de Baal.
En realidad, eran fotocopias de traducciones académicas mezcladas con artículos sobre protección de datos y recortes de prensa acerca de filtraciones informáticas.
Nadie parecía advertir la diferencia.
El sermón terminaba siempre igual.
«Hermanos.
No permitáis que un frigorífico conozca vuestra dieta mejor que vuestro médico.»
Los fieles respondían:
«Baal proveerá… en metálico.»
Los enemigos del alma
El enemigo evolucionaba constantemente.
Primero fueron las tarjetas.
Después los teléfonos.
Más tarde los relojes inteligentes.
Luego los automóviles conectados.
Las pulseras deportivas.
Los altavoces domésticos.
Los cepillos eléctricos.
Las aspiradoras robot.
Un socio abandonó la organización cuando descubrió que su cafetera enviaba estadísticas de consumo.
Fue demasiado.
Compró una cafetera italiana.
De aluminio.
Con veinte años de garantía moral.
La derrota
Su fracaso comenzó precisamente cuando intentaron vivir completamente en efectivo.
Resultó imposible.
El gestor les explicó que necesitaban certificados digitales.
Las comunidades de propietarios exigían transferencias.
El hospital enviaba resultados mediante aplicaciones.
Los nietos solo aceptaban bizum.
Las compañías eléctricas ya no remitían cartas.
Incluso los aparcamientos rechazaban monedas.
La realidad iba cercando a los dineronegristas con la paciencia de un jardinero podando un seto.
El profesor empezó a admitir una verdad incómoda.
«No somos clandestinos.
Somos nostálgicos.»
Aquello dolió.
Porque era cierto.
Un triste final
El golpe definitivo llegó durante la comida anual del movimiento.
Habían reservado un comedor privado.
Todos pagaron en efectivo.
Ningún teléfono permanecía encendido.
Las ventanas estaban cerradas.
Creían haber alcanzado el nirvana de la invisibilidad.
Al terminar, apareció el nieto de uno de ellos.
Dieciséis años.
Auriculares.
Una camiseta imposible.
«Abuelo.»
«¿Qué haces aquí?»
«He visto una foto vuestra.»
«¿Qué foto?»
«La ha subido el camarero.»
Hubo un silencio funerario.
«¿Qué decía?»
«‘Comida de unos señores muy simpáticos que dejan unas propinas increíbles’.»
«¿Y dónde la ha subido?»
«En todas partes.»
La fotografía mostraba a los siete.
Sonriendo.
Levantando las copas.
Detrás aparecía perfectamente visible el logotipo del restaurante.
El algoritmo hizo el resto.
Reconocimiento facial.
Geolocalización.
Fecha.
Hora.
Preferencias gastronómicas.
Relaciones sociales.
Capacidad económica estimada.
Nivel aproximado de consumo.
Posible edad.
Probabilidad de jubilación.
Todo en menos tiempo del que tardaron ellos en pedir los cafés.
El profesor levantó lentamente la copa.
«Compañeros.»
«¿Sí?»
«Hemos perdido.»
«¿Contra quién?»
«Contra la comodidad.»
Nadie respondió.
Porque todos comprendieron que llevaba razón.
Consecuencias de la derrota
La sociedad contemporánea no había conquistado la intimidad mediante la fuerza.
La había comprado con descuentos.
Con aplicaciones gratuitas.
Con mapas.
Con música.
Con fotografías instantáneas.
Con mensajes que llegaban al otro extremo del planeta en un segundo.
Con recomendaciones personalizadas.
Con un reloj capaz de avisarte de que llevabas tres días durmiendo mal antes incluso de que lo sospechara tu esposa.
La humanidad había firmado un contrato gigantesco.
Cedía información.
Recibía comodidad.
El problema era que casi nadie había leído la letra pequeña.
Los dineronegristas continuaron reuniéndose.
Ya sin ilusiones revolucionarias.
Seguían llevando efectivo.
Seguían desconfiando de los algoritmos.
Seguían ayudando discretamente a vecinos, camareros, sobrinos en apuros y comerciantes de barrio.
Seguían soñando con la casilla tributaria de los adoradores de Baal, aunque empezaban a sospechar que el Ministerio prefería religiones menos imaginativas y con menos tendencia a presentar documentos escritos en papiro.
Habían comprendido, sin embargo, una paradoja deliciosa.
Durante siglos, el gran desafío consistía en blanquear dinero para que pareciera limpio.
En el siglo XXI el verdadero prodigio era justo el contrario.
Conseguir que un dinero perfectamente limpio volviera a parecer oscuro.
No para ocultar delitos.
Sino para proteger una intimidad que cada día cotizaba más cara.
Porque el dinero nunca había sido completamente privado.
Pero la información sí lo había sido.
Hasta que dejó de serlo.
Y aquella, concluyó el profesor en la última reunión conocida de los adoradores de Baal, era probablemente la mayor ironía de nuestro tiempo.
«Antes uno podía ser un sinvergüenza desconocido.
Ahora basta con comprar dos veces pienso para perros y una novela rusa para que media docena de algoritmos decidan que atraviesas una crisis existencial con tendencia al colesterol.
No hemos perdido el anonimato.
Lo hemos entregado a cambio de que el teléfono nos recuerde dónde aparcamos el coche.»
Los demás levantaron sus copas.
Pagaron la cuenta en billetes.
Dejaron una propina absurda.
Y abandonaron el restaurante andando, uno detrás de otro, convencidos de que nadie seguía sus pasos.
Solo olvidaban un pequeño detalle.
El camarero acababa de escribir en la caja registradora electrónica:
«Mesa siete. Los señores de Baal. Clientes excelentes. Vuelven todos los meses, los miércoles.»
Ni el propio Baal habría podido competir con semejante milagro estadístico.


